Por los Caminos del Sur de Bolivia

Perder el bus que nos llevaría de Oruro a Potosí no fue la mejor manera de comenzar nuestro recorrido por los caminos del sur de Bolivia. Sería apenas uno de los tantos tropiezos que sufriríamos hasta llegar a destino final (Tupiza).  Después de tanto sufrimiento sin embargo, situaciones como perder el botón del pantalón, meter la pata literalmente en un pozo lleno de agua, ser víctima de picaduras de mosquitos, ser acosado por arañas o sufrir vergonzosas derrotas jugando a las cartas han pasado ahora a ser parte del inmenso catálogo de anécdotas que todos coleccionamos sin querer.

Es lunes y pasado el mediodía estamos una vez más en Potosí. Nuestra hoja de ruta nos lleva al sur de la ciudad y al gigantesco barrio minero que se levanta a los pies del Cerro Rico cuyos referentes más conocidos son las cooperativas mineras Unificada y 10 de Noviembre. Dejamos las cosas en casa de amigos y nos vamos en busca de un plato de k’alapurca o ch’ajchu que a esa hora (14:20) es mucho pedir. Después de fracasar en nuestro intento, no queda otra que elegir al azar un lugar en donde almorzar. El servicio y la comida del sitio elegido dan mucho que desear y de repente me llegan a la mente traumáticos recuerdos de lo que solían ser los almuerzos aquel año que pasé en el ejército.

Después del mal sabor de boca, nuestra agenda nos lleva a una confortable y agradable oficina donde trabaja gente igual de agradable cuya gentileza y amabilidad esperamos retribuir en un futuro cercano. Es lunes, un día laborable que lo honramos como tal sobrepasando nuestro horario programado, hecho que nos costaría perder el bus por segunda vez en un día. El peor día del año, un día interminable cuyas horas restantes las preferimos pasar en un alojamiento cerca de la Nueva Terminal de Potosí. Tupiza nos tendrá que esperar 12 horas más.

La agenda estaba ya reprogramada pero habíamos olvidado acordar no levantarnos con el pie izquierdo. De nada sirvió despertar muy temprano pues no hay buses a Tupiza sino hasta dentro de dos horas. Tratamos de hacer pasar nuestro cabreo con un buen desayuno recorriendo 12 cuadras hasta un mercadito sólo para conseguir una paupérrima taza de café con buñuelos, algo que podíamos conseguir en la misma terminal evitándonos así ver las caras largas y sufridas de los potosinos y las costumbres bárbaras de algunos de ellos exponiendo cadáveres apilados de cabras y chivos en las calles para venderlos.


Son las 08:00 del martes y finalmente estamos camino a Tupiza recorriendo una imponente carretera a cuyos lados podemos ver rocas, barrancos, fallas geológicas increíbles, infinidad de árboles de toda clase y a lo lejos, al occidente la majestuosa cordillera de Los Andes con el terrible Chorolque resaltando en ella. Llegamos al pueblito de Vitiche y parece que esta será la gota que derramará el vaso lleno de estrés: Un bloqueo de caminos con decenas de campesinos protestando quién sabe por qué. Ante esta situación lo único que nos queda es sacar nuestro variado repertorio de maldiciones, improperios y el rico vocabulario aprendido en el ejército que parece que nos sirven de alguna forma pues al poco rato nos permiten el paso. En definitiva Bolivia parece un país ingobernable y mal acostumbrado algunos de sus habitantes son poco menos que los bárbaros que . Llegamos hasta Cotagaita para hacer un break de 20 minutos para estirar las piernas, botar un poco de ácido úrico y almorzar. Los primeros 20 minutos más agradables del viaje, unos 20 minutos que me hicieron olvidar las 15 deprimentes horas en Potosí con una deliciosa sopa de quinua hecha a la “cotagaiteña” y servida con una hermosa sonrisa digna de ser fotografiada pero que no pudo ser. ¿Sopa de quinua en un lugar como este? ¿Cerveza Huari en un lugar como éste? Subestimé Cotagaita, Cotagaita es un paraíso. Cotagaita hermosa, Cotagaita se merece el título de la “Capital Frutera de Bolivia”.

Retomamos el camino a Tupiza, estamos cerca pues ya podemos ver los inconfundibles cerros de color rojo que la caracterizan. Cruzamos el puente sobre el río y llegamos a la pequeña Terminal para pisar finalmente tierra tupizeña, tierra de grandes ídolos como Víctor Agustín Ugarte y Alfredo Domínguez y tierra de héroes de la Independencia. Tupiza es otro paraíso pues aquí podemos disfrutar de una deliciosa ducha y de televisión por cable con uno de los catálogos de canales más completos y ordenados que haya visto en Bolivia. La señal del teléfono móvil es débil y la señal internet vía WiFi también pero no es problema pues el centro de la pequeña ciudad está a 15 minutos a pie y allí encontramos lo que necesitamos así que por el momento no hay quejas más que el tiempo en el que tardan aquí en llegar los periódicos. (Un día)

Tal como pasó en Cotagaita, la cena es deliciosa y servida con otra linda sonrisa. Comienzo a entender ese afán que muestran los tupiceños de querer diferenciarse de los potosinos del norte pues prefieren no considerarse potosinos sino tupiceños en sí o solo chicheños. Las diferencias son notables, los potosinos del norte y en la ciudad no sonríen pese a la prosperidad económica de la que gozan algunos gracias a sus actividades mineras y siempre andan con las caras largas, desesperanzados, deprimidos, sufridos como si aún vivieran en tiempos coloniales, en tiempos de la mita esperando el látigo de los conquistadores españoles para forzarlos a trabajar en las minas de plata.

Ya es miércoles y después de pasar una agradable noche somos otra vez esclavos de nuestra agenda de trabajo. Ahora hay que ir abajo camino a Villazón hasta los valles fruteros de Supira y los cerros mineros de Potrero a 45 Km. al sur de Tupiza donde encontrarnos uno de los paisajes más hermosos, impresionantes e increíbles que se hayan visto en Bolivia pues luego de desviarnos hacia el este y de sortear un accidentado camino de tierra que en algunos tramos se hace de arena y agua, subimos casi de golpe hasta más de 3500 mts. de altura para encontrarnos con una inmensa e imponente pampa típica del occidente boliviano, un pedazo de altiplano arriba encima de los valles del sur de Potosí y un camino de tierra que se aleja al este y que no se sabe a dónde vá, quizás hasta Chuquisaca o Tarija pues vá, sube y desaparece en las montañas del este. Desde donde estamos parados al sur podemos ver Villazón y territorio argentino. Por supuesto estamos muy lejos aún. Al oeste: montañas, valles y fruta a sus pies, al norte: montañas, pampa y mineral a sus pies,

“… subimos casi de golpe hasta más de 3500 mts. de altura para encontrarnos con una inmensa e imponente pampa típica del occidente boliviano, un pedazo de altiplano arriba encima de los valles del sur de Potosí…”

“… un camino de tierra que se aleja al este y que no se sabe a dónde vá, quizás hasta Chuquisaca o Tarija pues vá, sube y desaparece en las montañas del este… “

“… al sur podemos ver Villazón y territorio argentino… “

“… Al oeste: montañas, valles y fruta a sus pies…”

“… al norte: montañas, pampa y mineral a sus pies… “

“… A la vuelta el camino de bajada es brutal, casi en caída libre… “

A la vuelta el camino de bajada es brutal, casi en caída libre desde aquella pampa hacia los valles fruteros para volver a la carretera y finalmente regresar a Tupiza. A nuestra regreso alguien nota nuestro paso por Suipacha, otro lugar histórico, escenario de la histórica Batalla de Suipacha que terminó con victoria de los patriotas de la Independencia de Bolivia y Argentina sobre los ejércitos españoles misma que se recuerda con la inscripción: “La Patria a los vencedores de Tupiza”.

La agenda de los siguientes dos días en Tupiza está apretada. Apenas hay tiempo para darse una vuelta por el mirador, ir a un salón de billar, visitar sitios de interés o ir al elegante mercadito del centro para comprarse y llevarse pan de Tupiza. Pero por alguna extraña razón siempre sacamos tiempo de donde no hay para tomarnos unas cervezas con algún amigo de la universidad al que no veíamos hace tiempo y al que por azar del destino encontramos justo en este rincón de la patria y justo el día que hay que regresar a los pagos que nos vieron nacer. Cuatro botellas en 45 minutos bastan para perder el sentido del tiempo y para perder una vez más el bus de regreso a Oruro por la tarde así que no queda más remedio que continuar con la francachela y dormir la mona en el bus para atenuar el pánico de viajar de noche.

Para mi hermana Aurora Flores

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