Por qué odio a los payasos

Acababa de cumplir recién los cinco años de existencia y recuerdo a mis padres preparando el terreno para enviarme a la escuela primaria. Escuchaba encantado sus dulces cuentos acerca del recreo, de los maestros, de los compañeritos y de toda aquella nueva vida que estaba por venir.

Aquel compilado de tiernas historias no evitó sin embargo que la experiencia del primer día de clases fuera traumática. Era bastante apegado a mi madre y estaba poco acostumbrado a separarme de ella por espacios de tiempo prolongados, peor una mañana entera rodeado de niñas y niños que no conocía algunos de los cuales como yo, también pedían a sus padres a gritos.

Conforme iban pasando los días, me fui amoldando poco a poco a la rutina diaria de aprender el abecedario y aprender a contar con los dedos de las manos, igual que todos los demás. Nuestro grupo era conocido en la escuelita como el “Primero B” de donde recuerdo con especial cariño a mi compañerita Leopoldina que solía defenderme de los abusones que me quitaban los lápices o me escondían la mochila, a mis compañeritos Roger y Milton que años más tarde se convertirían en mis mejores amigos aún después de terminar la secundaria y a Viviana, protagonista especial de una historia que no tiene un final feliz.

Viviana de tiernos seis añitos probablemente haya sido mi primer gran amor, un amor especial orientado no en el sentido estricto de la palabra pues a esa edad difícilmente estaría consciente de lo que realmente significaba aquello. A ambos “nos casó” nuestra dulce maestra a quien cariñosamente llamábamos ‘Señorita Mery’ quien antes de sacarnos de la escuelita para llevarnos a pasear por algún parque o visitar alguna institución, tenía la costumbre de formarnos en dos columnas, una de niños y otra de niñas para luego armar parejitas y salir a la calle tomados de las manitos.

Como las dos columnas que formaba la maestra eran de “chico a grande” y como ambos encabezábamos nuestras columnas por ser los más pequeños de la clase, Viviana fue mi parejita desde el primer paseo y en todos ellos hasta el triste incidente que terminó por separarnos.

No sólo salíamos a pasear juntos tomados de las manitos con nuestra maestra guiando al grupo, también lo hacíamos después de clase caminando detrás de nuestros padres cuando venían a recogernos de la escuelita. Ellos por delante charlando sus cosas de adultos y nosotros por detrás en nuestro propio mundo, hablando de juguetes, mascotas, golosinas o la tele que entonces la veíamos en blanco y negro. Ayudó bastante el hecho de que vivíamos cerca uno del otro y la ruta camino a casa era la misma para ambos.

Nuestros padres nos recomendaban siempre que cuidásemos el uno del otro y así lo hacíamos. Compartíamos juntos el recreo, juegos, golosinas, fue quizás como la hermanita que siempre quise tener y nunca tuve para contrarrestar la “brutalidad” de los niños cuyo entretenimiento básico consistía en darle de patadas a un balón hecho de trapo siempre con la intención de lastimar al que se ponía por delante y mejor si era niña. Así pasamos la mayor parte del año.

Finalmente llegó el día en que la fatalidad llegó a nuestras vidas en forma de fiesta de cumpleaños. Faltaba poco para terminar nuestro primer año de escuela y Alex, el mayor de nuestros compañeritos de curso estaba presto a celebrar el séptimo aniversario de su nacimiento con una fiesta organizada por sus padres a la que gentilmente fuimos invitados junto con otros amiguitos. Por supuesto fui con Viviana y como en las fiestas de cumpleaños de hoy en día, también había chocolate caliente, torta, gelatina, golosinas, una piñata, música bailable, globos y un payaso.

Hasta antes de aquella fiesta, nunca había tenido simpatía por algún payaso pues me parecían grotescos por la forma en que llevaban el maquillaje. Algunos fingían y forzaban la voz hasta el extremo de quedar roncos consecuencia también de exagerar en demasía sus carcajadas, muecas y gestos, hechos que más que divertir a los más chicos por el contrario parecían intimidarlos y amedrentarlos por lo que prefería alejarme de ellos tanto como podía y aquel día no fue la excepción.

Estando en ese afán descuidé a Vivianita por un momento, lo suficiente para que el payaso organizara uno de sus jueguitos idiotas entre los niños formándolos en un círculo para hacer una rondita, circunstancia en que vi al maldito tomar su tierna manito para alcanzársela a otro niño. Lo que pasó inmediatamente después de presenciar aquella escena sólo puedo atribuirlo a un “ataque de celos precoz” pues no encuentro otra forma de explicar el brutal puntapié que le propiné al payaso que entre gestos de dolor comenzó a frotarse la pantorrilla. Inmediatamente después se acercó el hijo, un niño mayor, más grande y corpulento que de un empujón en la espalda hizo que yo “besara el suelo”, circunstancia que motivó la intervención de otros padres y gente mayor que evitaron que el conflicto pasara a mayores para intentar luego que continuara la fiesta que de todos modos quedó arruinada con este incidente.

Mis lágrimas no evitaron las duras reprimendas de algunos mayores, incluyendo la mamá de Viviana que me llevó a casa y le contó lo sucedido a mi madre que al parecer no le dio importancia al hecho pues solo recibí de ella un par de recomendaciones con ese tono amable de voz que la caracterizaba. Así el incidente aparentemente quedaba olvidado pero las repercusiones las vería recién el lunes en la clase.

“Mi mamá dice que ya no me junte contigo”, fue la frase demoledora que salió de los labios de la dulce Vivianita a la que no supe cómo encarar después o por lo menos no me acuerdo cómo lo hice si es que lo hice. Lo que sí recuerdo es que ya nunca más fuimos a casa tomados de la mano después de clases y ahora cada uno íbamos tomados de la mano de nuestras madres que seguían tan amigas como siempre lo que me hace pensar en una complicidad entre ambas para que las cosas tomaran este nuevo rumbo.

Terminó así nuestro primer año de escuelita y poco después terminó 1983, año que de todos modos recuerdo con especial nostalgia y lucidez como no recuerdo años posteriores. Aquel ataque de celos no fue lo único precoz en mi joven personalidad, mis calificaciones sobresalientes de las que entonces no estaba consciente motivaron al director a recomendarme como candidato para obtener una beca de estudio en algún colegio privado, la misma que finalmente obtuve con lo que no volví a saber más de Viviana a quien sin embargo recordaba cada vez que el show de algún payaso se cruzaba en mi camino, igual que ahora.

Aunque coincidimos tiempo después en el primer año de la universidad, jamás pasamos de un saludo hasta hace poco que tuvimos la oportunidad de sostener una conversación sobria y más o menos prolongada acerca de las coordenadas (X, Y, Z) en las que estaba posicionada nuestra existencia en este sistema de referencia que llamamos vida. Por supuesto que hablamos de aquel 1983 del que ella dice no recordar mucho aunque curiosamente si recuerda y cuestiona hechos tales como cuando “la maestra tonta se refería erróneamente a nuestra formación de COLUMNAS como formación en FILAS”.

Esta historia es para refrescarle la memoria…

Datos complementarios

* En 1983 sonaban entre otros, The Police (“Every Breath You Take”), Michael Jackson (“Billie Jean”), Bonnie Tyler (“Total Eclipse Of The          Heart”), Spandau Ballet (“True”) algunos de mis temas favoritos que escucharía años después

* En 1983 salieron también “Piece of Mind” de Iron Maiden y “Ride The Ligthning” de Metallica, dos de mis discos favoritos en mis años de     ‘cabra saltarina’.

* A pesar del título amarillista del post, el odio que le tengo a los payasos no es tal. Es más desprecio e indiferencia y un poco de miedo.

* Los únicos payasos que me gustan son Krusty (The Simpsons) y el Guasón (Batman).

* Viviana está “felizmente casada y tristemente con hijos” como dice ella bromeando.

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