Breve historia de la Minería en Bolivia contada por una pared

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En uno de nuestros ocasionales paseos románticos por el sur de la ciudad de Oruro, nos encontramos con un interesante mural que resume en algo más de 1 Km. la historia de la minería en Bolivia desde la llegada de los españoles a estas tierras hasta nuestros días. Hace de lienzo el frontis del edificio de FUNESTAÑO, un lugar más que apropiado por tratarse de un monumento histórico nacional pues tenemos en nuestras narices lo que fue la primera planta metalúrgica instalada en el país para fundir metales a nivel industrial (1).

Dada la proximidad de un evento electoral que pudiera poner en peligro este esfuerzo ensuciándolo con afiches y garabatos de mal gusto, nos dimos a la tarea de fotografiar este mural por partes para admirarlo, conservarlo y eventualmente publicarlo en algún lado. Si bien las imágenes hablan por sí solas, consideramos apropiado acompañarlas con algunos pedacitos de historia extraídos de literatura recurrente que a manera de flashback se nos vienen a la memoria.

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La minería tal como se la conoce, empezó a practicarse en territorio de Bolivia desde 1545 con el descubrimiento del más grande yacimiento de PLATA del mundo en el famoso Cerro Rico de Potosí (2). Fue el capitán español Juan de Villarroel el responsable de tal hallazgo aunque la historia le atribuye el logro al indígena Huallpa. A partir de entonces se estableció un sistema de trabajo conocido como la “mita” que consistía en el trabajo obligatorio en las minas del Cerro Rico donde indígenas extraían la plata en faenas de hasta 20 horas diarias a plan de alcohol y coca para combatir el cansancio.

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La “mita” acabó con la vida de decenas de miles de indígenas de modos horriblemente inhumanos. Los cambios repentinos de temperatura al salir de la mina a la superficie los mataba de bronconeumonía, otros morían triturados en los molinos de mineral al caer por el cansancio o engancharse su ropa en los engranajes, muchos más morían envenenados al mezclar con sus pies el mercurio con mineral de plata para separar el metal de impurezas lo que intoxicaba su sangre. Tal era el sufrimiento que muchos preferían incapacitar, lisiar o matar a sus hijos varones para librarlos de la mita que diezmó a los indígenas, mismos que no gozaban de su vida, mujeres e hijos pues obligados a ir a la mina dejaban huérfanos, viudas, ganado perdido, casas desamparadas y pueblos destruidos. En lo posterior se sucedieron levantamientos indígenas y las guerras independentistas en América. Se fundó la República de Bolivia y la minería de la plata siguió marcando su destino hasta finales del Siglo 19. Personajes como Gregorio Pacheco o Aniceto Arce conocidos como los “patriarcas de la plata” financiados por inversionistas chilenos y británicos se harían ricos gracias a los yacimientos de Porco, Pulacayo y Huanchaca cuyos minerales salían en ferrocarril a los puertos chilenos para ser embarcados y llevados hasta Europa.

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Los yacimientos de plata explotados desde tiempos de la colonia y durante el período republicano comenzaron a agotarse, a esto se suma la caída de los precios en el mercado internacional. Entonces apareció el ESTAÑO que sería desde comienzos del Siglo XX el sostén de la economía boliviana merced al trabajo de Simón Iturri Patiño Santibañez más conocido como Simón I. Patiño que en 1899 descubrió en Llallagua el yacimiento estañífero más grande del planeta escondido en las entrañas del cerro Juan del Valle. Comenzaría entonces en Bolivia el período de la minería moderna con la instalación y puesta en marcha de gigantescas plantas concentradoras de mineral en los distritos mineros de Siglo XX, Catavi, Uncía y Llallagua. Si bien desde la mina se seguía extrayendo mineral con métodos primitivos usados en el período colonial y republicano, la mayoría del trabajo se hacía usando tecnología extractiva mucho más eficiente implementándose además prácticas de seguridad industrial. El paso de la plata al estaño provocó cambios en la elite minera y el ascenso de nuevos grupos empresariales que los activistas de izquierda llamaron la rosca minero oligárquica. El control del sector recayó especialmente en manos de Simón I. Patiño Mauricio Hochschild un judío alemán afincado en el país y Carlos Víctor Aramayo proveniente de una familia con tradición minera. La historia ha bautizado a estos tres personajes como Los Barones del Estaño.

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Las ideologías marxistas y socialistas surgidas en Europa se hicieron eco en América poco a poco. Particularmente en Bolivia se hicieron fuertes el sindicalismo y las luchas obreras por mayores salarios, menos horas de trabajo, mejores condiciones de vida, protestas que derivaron en huelgas y marchas que fueron cruelmente reprimidas por los militares provocando masacres de mineros como las de Uncía, Catavi y San Juan. El movimiento sindicalista minero sería la punta de lanza y cabeza de las luchas sociales en contra de las dictaduras militares y gobiernos conservadores hasta su declive en 1986 con la “Marcha por la Vida” rechazando el decreto de relocalización 21060.

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El triunfo de la Revolución Nacional en 1952 dio paso a la Nacionalización de las Minas con lo cual se ponía fin a la llamada rosca minero oligárquica expropiando las minas que eran de propiedad de los Barones del Estaño para ponerlas bajo el control del estado mediante la recién creada Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). Surgen las primeras ideas nacionalistas para pasar del extractivismo minero a la industrialización para fundir los concentrados de mineral en territorio boliviano en lugar de solo exportarlos. El industrial minero Mariano Peró había tenido éxito instalando la primera planta fundidora de estaño del país en Oruro, no sin antes luchar contra la rosca minero oligárquica la misma que pondría todo tipo de obstáculos para que el mineral boliviano no sea fundido en Bolivia. Tras mucho sufrimiento, finalmente se lograría inaugurar en 1966 la Empresa Nacional de Fundiciones (ENAF) hoy Empresa Metalúrgica Vinto en la ciudad de Oruro.

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Nuevas tecnologías y nuevos métodos de extracción se implementaron en la actividad minera en Bolivia cuyo producto estrella, el estaño comienza a agotarse de a poco dando paso a la producción y exportación de otros productos como el zinc y el plomo aunque solo en bruto y en forma de concentrados por falta de plantas fundidoras apropiadas para procesarlos. Los yacimientos más importantes San Cristóbal y San Vicente están en el sur de Potosí, su explotación está a cargo de grandes empresas multinacionales.

Créditos:

Finelez Llanque C.

Tito Yugar P.

Oscar Choque O.

Giovani Villan L.

Raúl Colque P.

Maritza Córdova P.

Vanesa Quispe M.

Oruro, Diciembre 2015

Notas.

(1) El edificio de FUNESTAÑO está sobre la Av. España frente al Museo Antropológico “Eduardo López Rivas” y al zoológico en la zona sur de la ciudad de Oruro. Hoy en día sigue funcionando con la razón social Operaciones Metalúrgicas S.A (OMSA) en la zona industrial de Huajara.

(2) Los incas extraían mineral antes de la llegada de los españoles aunque dicho trabajo no correspondía a un trabajo de explotación minera misma.

Documentos consultados:

  • Historia de la Minería Andina boliviana (Carlos Serrano Bravo, Potosí 2004)
  • Las Venas Abiertas de América Latina (Eduardo Galeano, Buenos Aires 2003)
  • Manifiesto de Agravios (Juan Vélez de Córdova, Oruro 1745)
  • Archivos Históricos de COMIBOL

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El “Jueves Negro” en Oruro

La mañana del 24 de octubre de 1929 marcó el sorprendente principio del fin de la bonanza norteamericana que ocurrió poco después del anuncio del presidente Herbert Hoover quien había asegurado que los Estados Unidos habían entrado en una era de prosperidad sin precedentes: “La pobreza será derrotada para siempre y todos seremos ricos” decía. Casi de inmediato, medio centenar de bancos quebraron y una oleada de millonarios e inversionistas se lanzaron desde las ventanas de los edificios más altos, impotentes e incapaces de asumir el crash de Wall Street.

OruroCrash01El equivalente boliviano de Wall Street en Nueva York bien podría haber estado en la calle Bolívar de Oruro, quizás la más importante en Bolivia a principios del siglo 20 debido al intenso flujo comercial originado entonces desde la inauguración del ferrocarril en 1892, un acontecimiento que motivó la creación y asentamiento de importantes empresas comerciales e industriales en la ciudad. Alemanes, ingleses, turcos, italianos, irlandeses, yugoeslavos y otras gentes llegadas de diversas partes del mundo (1) sentaron raíces en Oruro cuyo estatus de capital industrial terminó por consolidarse gracias al descubrimiento en 1900, del yacimiento de estaño más grande del mundo en Potosí (2) que hizo de Bolivia el segundo productor más importante en el planeta.

Durante los últimos años del siglo 19 y los primeros del siglo 20 se vivieron tiempos de enorme tensión, paranoia e incertidumbre tales que potencias del viejo mundo como Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia además de los Estados Unidos aprovecharon los avances tecnológicos de la revolución industrial para desarrollar su industria bélica levantando fábricas de armamento para construir aviones de guerra, tanques, submarinos, etc. en una carrera armamentista para protegerse y disuadir a naciones rivales de lanzar eventuales ataques que amenazaban su poder y hegemonía.

El estaño era materia prima indispensable para sostener la producción industrial militar pero los yacimientos europeos comenzaban a agotarse así que durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial (1914) el auge de producción y precios del mineral registró cifras históricas que incrementaron la demanda del preciado bien del que entonces habían pocos países productores, entre ellos Bolivia donde el estaño llegó a constituirse en su recurso natural básico y en pilar fundamental de su economía cuyo epicentro se trasladó a Oruro pues era la ciudad más próxima a las minas más importantes situadas especialmente en Llallagua, Huanuni, Catavi, Uncía y Siglo XX.

Oruro era punto estratégico, nudo ferroviario del país que conectaba a La Paz con los valles de Cochabamba y el sur de la república. Desde allí se facilitaban las tareas de logística y abastecimiento para los principales centros mineros lo que motivó a muchas empresas mineras a fijar su residencia en la ciudad al igual que muchos bancos nacionales y extranjeros que también establecieron sedes y agencias en Oruro (3) dándole el segundo lugar en importancia entre las capitales de departamento después de La Paz que perdió de hecho la sede del centralismo pues desde Oruro se manejó el gobierno de La Paz y la justicia de Sucre en beneficio de la “rosca minero feudal” (4) que buscaba proteger sus intereses económicos.

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Así mientras en Bolivia se creía que el mundo giraba alrededor de Oruro, miles de kilómetros al norte ocurría algo parecido en Nueva York en donde la bolsa de valores trepaba impetuosamente convirtiendo a Wall Street en una fábrica de nuevos ricos y magnates como el señor Chrysler que había empezado como obrero de planta para convertirse luego en presidente de la General Motors para la cual levantó un edificio de 62 pisos. El hombre común de la calle aspiraba a disfrutar de parte de las ganancias y utilidades que generaban empresas e industrias que surgían y se expandían día tras día. En este contexto la pobreza social parecía un mito en los Estados Unidos de los años 20 dado que la prosperidad individual y el desarrollo tecnológico funcionaban como un perfecto engranaje incluso empujando a los obreros a perder su conciencia de clase al querer tener un Ford o un Chevrolet estacionado en la puerta de su casa.

Pero toda aquella fantasía se derrumbó súbitamente como castillo de naipes la mañana del jueves 24 de octubre de 1929 cuando se desató el pánico entre los corredores de bolsa producto de una drástica caída en los precios de sus acciones lo que les obligó a venderlas a cualquier precio antes de que bajaran aún más. Una tras otra como un “efecto dominó” empezaron a desplomarse grandes empresas, compañías medianas, pequeños negocios e incontables fábricas de productos con exceso de existencias que tuvieron que cerrar para reducir sus pérdidas. También quebraron estrepitosamente más de un millar de bancos lo que comenzó una gran oleada de suicidios de banqueros, inversionistas y prominentes millonarios. Era común en las recepciones de los hoteles preguntar a sus clientes si querían una habitación para dormir o para lanzarse desde la ventana antes de atender su solicitud de hospedaje.

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Miles de desocupados deambulaban por las calles y plazas de las principales ciudades de los Estados Unidos en busca del pan de cada día. Abogados, ingenieros, arquitectos, profesores, competían a la par con obreros comunes ofreciendo sus servicios para manejar la pala, vender manzanas o dibujar retratos para recolectar algunos centavos de los transeúntes. Entre 1930 y 1933 un promedio de 64 mil trabajadores por semana pasaron a engrosar la multitud de desempleados que al final del período sumaron unos 13 millones, aquellos afortunados que conservaron sus empleos vieron drásticamente reducidos sus salarios.

Los subsidios del gobierno aliviaron en algo el hambre de familias enteras que formaban inmensas colas para poder servirse un plato en los comedores populares, por otro lado la gente sin hogar comenzó a levantar chozas precarias en los barrios formando villas improvisadas a las que bautizaron como “Hoovervilles” en repudio a la administración del presidente Hoover que poco o nada hizo para enfrentar la crisis desatada. Hasta el día de hoy no hay un consenso general sobre las causas que provocaron el quiebre de aquel día que pasó a la historia como el “Jueves Negro”, “Black Thursday” que fue comienzo de una “Gran Depresión” económica mundial.

En efecto, la crisis desatada en Nueva York traspasó los límites de la geografía estadounidense para extenderse por todo el mundo como una gran mancha de aceite en el mar que también tocó América Latina ocasionando serios daños en las incipientes economías de países en pleno desarrollo que dependían de la venta de sus materias primas en los mercados internacionales. Bolivia no fue la excepción, su economía como sabemos, estaba sostenida por las actividades directas e indirectas generadas por la minería del estaño. Ocurrió la esperada caída general de los precios que colocó a los costos de producción por encima de la cotización del estaño en los mercados de venta y en ese marco se dio un vuelco dramático.

Oruro que era el epicentro de la economía boliviana, se convirtió también en el epicentro de la crisis boliviana. La industria del estaño entró en terapia intensiva con pocas esperanzas de salir con vida pues los precios del mineral sufrieron una bajada dramática. Hasta finales de 1929 cuando la onda expansiva del desastre de Wall Street ya había alcanzado al mundo entero, la tonelada que oscilaba los 920 dólares bajó a 794 llegando hasta los 285 dólares en 1932 para seguir bajando en picada paralelamente con la escasez de compradores. Muchas minas pequeñas que no contaban con capital de reserva cerraron operaciones para no seguir trabajando a pérdida. Para las empresas grandes y medianas el problema era diferente pues pese a que sus balances financieros arrojaron pérdidas, no tuvieron otra alternativa que seguir funcionando echando mano de sus reservas de capital pues un eventual cierre de operaciones habría derivado en consecuencias políticas y sociales desastrosas. Tuvieron que hacer los trabajos de perforación ya no con máquinas sino manualmente para reducir la mano de obra ociosa.

La baja de los precios del estaño que representaba el 70% de las exportaciones bolivianas se reflejó en la disminución de los ingresos estatales lo que provocó la paralización de obras públicas, recorte de gastos públicos, despido de funcionarios públicos, cierre de escuelas rurales, orfanatorios, liceos de señoritas, etc. Las instituciones del Estado trabajaron a media máquina ocupándose solo de las tareas más esenciales pues no tenían dinero siquiera para comprar verduras y frutas en el mercado como llegó a afirmar el presidente de la república en un momento dado (5).

Oruro, paraíso de prosperidad y núcleo de la economía boliviana se convierte entonces en “villa miseria”, “ciudad gueto”, ciudad abierta que recibe no solo a los desocupados de las minas de estaño sino también al éxodo de desocupados de países vecinos como Chile que además de sufrir la crisis económica mundial, sufrió también el cierre de las salitreras producto del descubrimiento del “salitre sintético” en Alemania. En este contexto, la calidad de vida de los orureños sufrió una severa caída en los años 30’s, la moral y las buenas costumbres victorianas (6) traídas a Oruro desde Inglaterra se vinieron abajo, reinaban la desconfianza y el temor de salir a la calles plagadas de delincuentes, hambrientos y pobres que no tardaron en ser rematados con la aparición de enfermedades endémicas como el tifus que el gobierno intentó combatir poniendo en cuarentena a toda la ciudad mediante un cordón sanitario como medida preventiva. Al final terminaron muriendo siete de cada diez personas infectadas.

Prominentes hombres de negocios, comerciantes y ciudadanos migraron a otras ciudades o regresaron a sus países de origen, el hacinamiento de la ciudad se redujo en algo con el dramatismo hiriente que significó el estallido de la Guerra del Chaco cuyo reclutamiento militar movilizó a miles de desocupados en sus primeros seis meses favoreciendo también a las grandes empresas mineras que no sabían cómo despedir a sus empleados y trabajadores.

La elección como presidente de Franklin Delano Roosevelt en los Estados Unidos y el establecimiento de su “New Deal” (7)marcaron el principio de la recuperación de la economía mundial. El auge de los precios del estaño mejoró en tiempos de la Segunda Guerra Mundial pero en Bolivia los niveles de producción jamás volvieron a acercarse a los niveles de 1929 (8), Oruro perdió el estatus de capital industrial y jamás volvió a ser la misma desde aquel “Jueves Negro” sufriendo desde entonces un largo proceso de erosión social que sigue vigente hasta el día de hoy como en el resto del país.

NOTAS

(1) Apellidos de origen extranjero como Petot, Bakovich, Ferrari, Harasich, Fricke eran comunes entre los ciudadanos orureños de los años 30’s. Ahora son raros en el Oruro del siglo 21.

(2) Simón I. Patiño, Barón del Estaño llamado también “Rey del Estaño” descubrió en 1900 el yacimiento de estaño más grande del mundo en el cerro “Juan del Valle” de Llallagua en Potosí.

(3) Existían cinco bancos importantes en Bolivia: Nacional, Industrial, Agrícola, Bolivia – Londres y Francisco Argandoña. Entre todos sumaban 5 millones de bolivianos de capital, apenas la mitad de lo que representaba el millón de libras esterlinas que tenía el Banco Mercantil cuando fue fundado en Oruro por Simón I. Patiño en 1906.

(4) La “rosca minero feudal”, así identificaron los nacionalistas bolivianos de izquierda al grupo conformado por poderosos empresarios mineros como Simón I. Patiño y Mauricio Hochschild que manejaron gobiernos, policía y ejército en Bolivia para proteger sus minas y privilegios.

(5) En plena crisis económica mundial, el presidente Daniel Salamanca en carta dirigida a Simón I. Patiño solicita ayuda económica para financiar la campaña militar en el Chaco y entre otras líneas escribe: “… no hay dinero en el Palacio ni para mandar al mercado…”

(6) Las “buenas costumbres victorianas”, así llamaban algunos intelectuales a los hábitos importados por ciudadanos ingleses de la Gran Bretaña gobernada por la Reina Victoria tales como el saludo, la puntualidad, el té de la tarde, el buen vestir, la higiene personal y el aseo urbano.

(7) “New Deal”, política impuesta en los EE.UU a partir de 1933 por el presidente Franklin Delano Roosevelt inspirada por el economista británico J.M. Keynes que proponía mayor intervención de los gobiernos en las economías nacionales, empresas y obras públicas, algo impensado antes del “Jueves Negro”

(8) La producción minera de estaño en Bolivia desde 1900 hasta finales de 1929 era cercana a las 30 mil toneladas anuales siendo entonces el segundo productor mundial. La producción promedio actual es de 18 mil toneladas año siendo el sexto productor mundial (datos de 2000 a 2011).

Documentos consultados

“Cita en Oruro, la tierra natal”, Néstor Taboada Terán. “Presencia”, La Paz (10/02/1981)

“El Signo Escalonado”, Néstor Taboada Terán. Plural Editores, La Paz 2003.

“Llallagua, Historia de una Montaña”, Roberto Querejazu Calvo. Editorial Los Amigos del Libro 1998

“La Gran Depresión (1929 – 1939) con ojos bolivianos”, Mario Pacheco Torrico. Fundación Milenio, La Paz 2010

“Bolivia: La Maldición del Estaño”, Ted Córdova Claure. Nueva Sociedad Nº 81, Ene – Feb 1986.

“La Revolución Boliviana”, Manuel Frontaura Argandoña. Rolando Diez de Medina, La Paz 2012

“Patiño, Rey del Estaño”, Charles F. Gueddes. Suiza 1981

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Los Diablos de ayer y de hoy

Escribo estas líneas a solicitud amable de un personero de “El Diario” que ha querido dedicar una de sus prestigiosas páginas a la rememoración del histórico 10 de Febrero de 1781, fecha cívica principal de Oruro, ciudad consagrada últimamente “Capital Folklórica de Bolivia” y coincidentemente la motivación de estos párrafos tiene conocimiento con el folklore orureño pues creo interesante decir algo sobre la evolución de la ya famosa Entrada del Sábado de Carnaval y en ella “La Diablada” que es la que concita la máxima expectativa popular.

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Por lo menos de diez años a esta parte, viene manifestándose en Oruro un interés verdaderamente eufórico y al parecer más y más creciente por aquella entrada carnavalera con sus tradicionales comparsas de “Morenos”, “Llameros”, “Cullahuas”, “Incas”, “Chunchus” y alguna más entre las cuales la de los “Diablos” es la más brillante, bailarina y ágil y la que el público mira con especial deleitación. Pero el caso es que no fue siempre así con los rutilantes diablos de nuestros días.

Apelando a mis recuerdos de los años de 1920, puedo decir que a diferencia de los diablos de hoy, tan numerosos, tan elegantes, suntuosos, costosamente ataviados y en cuyos conjuntos hay “gente bien”, los diablos del pasado eran gente de humilde escala social, en su mayoría matarifes, popularmente llamados “mañazos” y eran tan pocos que no formaban sino un solo conjunto. Con raras excepciones, iban pobremente ataviados con disfraces en los que la pechera y el faldellín estaban descoloridos y deslustrados porque a no dudar, el disfraz había servido ya para muchas entradas, más lo que recuerdo es que en aquel atuendo la camiseta y el calzoncillo de muchos de los diablos estaban tan sucios que al escribir esto, tengo la idea de que eran los mismos que el danzarín usaba a diario y no habían sido lavados vaya uno a saber cuánto tiempo. En el traje diablesco lo singular era la careta por lo pesado que debió resultar (quizás hasta unos 3 kilos) por estar fabricada de yeso. Los diablos de aquel tiempo, además iban armados de tridentes de hierro que los chicos de entonces llamábamos “trinches” que blandían amenazadoramente a tiempo que lanzaban su peculiar y mefistofélica exclamación “Aaaarrrrrr….”

Como hoy, la antigua diablada tenía también “osos”, “china supay”, “cóndores” y “monos”. ¡Oh los monos! Eran el terror de los chicos, vestidos de amarillo y portando largos chicotes se hacían temibles porque si bien los diablos solo amagaban con sus trinches, los monos pegaban en serio con sus chicotes por lo cual los chicos optábamos casi siempre por escapar o por lo menos ocultarnos al amparo de las personas mayores.

La entrada se la realizaba siempre a lo largo de la entonces “Avenida Colombia” (hoy 6 de Octubre). Cada conjunto iba acompañado de su caravana la cual a diferencia de las actuales que se arreglan en autos, se las disponía en mulas con orfebrería y platería acaso más genuinas que ahora y era conducida por el dueño de pintoresca apariencia porque iba emponchado en fina vicuña, la cara blanqueada por entero con “harina de Chile” y profusamente engalanado con serpentinas de vistosos colores y delicada fabricación pues eran importadas. No duraba mucho la entrada de aquellos tiempos, quizás una hora a lo más y se la podía presenciar cómodamente desde cualquier sitio de la Colombia porque a diferencia de lo que ocurre hoy, no se producían agolpamientos de muchedumbre, bloqueo de esquinas ni mucho menos era necesario “agarrarse campo” o “señalar sitio” desde días antes como sucede al presente en que a mayor abundamiento, hay que pagar por los “sitios estratégicos” de la Bolívar y la plaza 10 de Febrero.

No podía precisar si el año 1927 o 1928 pero recuerdo que por esa época, las autoridades comunales considerando que la costumbre de la entrada había mucho de vulgar, plebeyo y pagano, resolvieron suprimirla radicalmente. Por lo visto la tradición se impuso y hoy por hoy la poco menos que mundialmente famosa entrada constituye poderoso medio de incremento del turismo nacional.

En fin, cabe destacar el hecho de que los refinados y opulentos diablos de hoy, descienden de aquellos pobres diablos de antaño, ni más ni menos…

Por: Misael Pacheco Loma

Oruro, Febrero de 1977.