El “Jueves Negro” en Oruro

La mañana del 24 de octubre de 1929 marcó el sorprendente principio del fin de la bonanza norteamericana que ocurrió poco después del anuncio del presidente Herbert Hoover quien había asegurado que los Estados Unidos habían entrado en una era de prosperidad sin precedentes: “La pobreza será derrotada para siempre y todos seremos ricos” decía. Casi de inmediato, medio centenar de bancos quebraron y una oleada de millonarios e inversionistas se lanzaron desde las ventanas de los edificios más altos, impotentes e incapaces de asumir el crash de Wall Street.

OruroCrash01El equivalente boliviano de Wall Street en Nueva York bien podría haber estado en la calle Bolívar de Oruro, quizás la más importante en Bolivia a principios del siglo 20 debido al intenso flujo comercial originado entonces desde la inauguración del ferrocarril en 1892, un acontecimiento que motivó la creación y asentamiento de importantes empresas comerciales e industriales en la ciudad. Alemanes, ingleses, turcos, italianos, irlandeses, yugoeslavos y otras gentes llegadas de diversas partes del mundo (1) sentaron raíces en Oruro cuyo estatus de capital industrial terminó por consolidarse gracias al descubrimiento en 1900, del yacimiento de estaño más grande del mundo en Potosí (2) que hizo de Bolivia el segundo productor más importante en el planeta.

Durante los últimos años del siglo 19 y los primeros del siglo 20 se vivieron tiempos de enorme tensión, paranoia e incertidumbre tales que potencias del viejo mundo como Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia además de los Estados Unidos aprovecharon los avances tecnológicos de la revolución industrial para desarrollar su industria bélica levantando fábricas de armamento para construir aviones de guerra, tanques, submarinos, etc. en una carrera armamentista para protegerse y disuadir a naciones rivales de lanzar eventuales ataques que amenazaban su poder y hegemonía.

El estaño era materia prima indispensable para sostener la producción industrial militar pero los yacimientos europeos comenzaban a agotarse así que durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial (1914) el auge de producción y precios del mineral registró cifras históricas que incrementaron la demanda del preciado bien del que entonces habían pocos países productores, entre ellos Bolivia donde el estaño llegó a constituirse en su recurso natural básico y en pilar fundamental de su economía cuyo epicentro se trasladó a Oruro pues era la ciudad más próxima a las minas más importantes situadas especialmente en Llallagua, Huanuni, Catavi, Uncía y Siglo XX.

Oruro era punto estratégico, nudo ferroviario del país que conectaba a La Paz con los valles de Cochabamba y el sur de la república. Desde allí se facilitaban las tareas de logística y abastecimiento para los principales centros mineros lo que motivó a muchas empresas mineras a fijar su residencia en la ciudad al igual que muchos bancos nacionales y extranjeros que también establecieron sedes y agencias en Oruro (3) dándole el segundo lugar en importancia entre las capitales de departamento después de La Paz que perdió de hecho la sede del centralismo pues desde Oruro se manejó el gobierno de La Paz y la justicia de Sucre en beneficio de la “rosca minero feudal” (4) que buscaba proteger sus intereses económicos.

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Así mientras en Bolivia se creía que el mundo giraba alrededor de Oruro, miles de kilómetros al norte ocurría algo parecido en Nueva York en donde la bolsa de valores trepaba impetuosamente convirtiendo a Wall Street en una fábrica de nuevos ricos y magnates como el señor Chrysler que había empezado como obrero de planta para convertirse luego en presidente de la General Motors para la cual levantó un edificio de 62 pisos. El hombre común de la calle aspiraba a disfrutar de parte de las ganancias y utilidades que generaban empresas e industrias que surgían y se expandían día tras día. En este contexto la pobreza social parecía un mito en los Estados Unidos de los años 20 dado que la prosperidad individual y el desarrollo tecnológico funcionaban como un perfecto engranaje incluso empujando a los obreros a perder su conciencia de clase al querer tener un Ford o un Chevrolet estacionado en la puerta de su casa.

Pero toda aquella fantasía se derrumbó súbitamente como castillo de naipes la mañana del jueves 24 de octubre de 1929 cuando se desató el pánico entre los corredores de bolsa producto de una drástica caída en los precios de sus acciones lo que les obligó a venderlas a cualquier precio antes de que bajaran aún más. Una tras otra como un “efecto dominó” empezaron a desplomarse grandes empresas, compañías medianas, pequeños negocios e incontables fábricas de productos con exceso de existencias que tuvieron que cerrar para reducir sus pérdidas. También quebraron estrepitosamente más de un millar de bancos lo que comenzó una gran oleada de suicidios de banqueros, inversionistas y prominentes millonarios. Era común en las recepciones de los hoteles preguntar a sus clientes si querían una habitación para dormir o para lanzarse desde la ventana antes de atender su solicitud de hospedaje.

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Miles de desocupados deambulaban por las calles y plazas de las principales ciudades de los Estados Unidos en busca del pan de cada día. Abogados, ingenieros, arquitectos, profesores, competían a la par con obreros comunes ofreciendo sus servicios para manejar la pala, vender manzanas o dibujar retratos para recolectar algunos centavos de los transeúntes. Entre 1930 y 1933 un promedio de 64 mil trabajadores por semana pasaron a engrosar la multitud de desempleados que al final del período sumaron unos 13 millones, aquellos afortunados que conservaron sus empleos vieron drásticamente reducidos sus salarios.

Los subsidios del gobierno aliviaron en algo el hambre de familias enteras que formaban inmensas colas para poder servirse un plato en los comedores populares, por otro lado la gente sin hogar comenzó a levantar chozas precarias en los barrios formando villas improvisadas a las que bautizaron como “Hoovervilles” en repudio a la administración del presidente Hoover que poco o nada hizo para enfrentar la crisis desatada. Hasta el día de hoy no hay un consenso general sobre las causas que provocaron el quiebre de aquel día que pasó a la historia como el “Jueves Negro”, “Black Thursday” que fue comienzo de una “Gran Depresión” económica mundial.

En efecto, la crisis desatada en Nueva York traspasó los límites de la geografía estadounidense para extenderse por todo el mundo como una gran mancha de aceite en el mar que también tocó América Latina ocasionando serios daños en las incipientes economías de países en pleno desarrollo que dependían de la venta de sus materias primas en los mercados internacionales. Bolivia no fue la excepción, su economía como sabemos, estaba sostenida por las actividades directas e indirectas generadas por la minería del estaño. Ocurrió la esperada caída general de los precios que colocó a los costos de producción por encima de la cotización del estaño en los mercados de venta y en ese marco se dio un vuelco dramático.

Oruro que era el epicentro de la economía boliviana, se convirtió también en el epicentro de la crisis boliviana. La industria del estaño entró en terapia intensiva con pocas esperanzas de salir con vida pues los precios del mineral sufrieron una bajada dramática. Hasta finales de 1929 cuando la onda expansiva del desastre de Wall Street ya había alcanzado al mundo entero, la tonelada que oscilaba los 920 dólares bajó a 794 llegando hasta los 285 dólares en 1932 para seguir bajando en picada paralelamente con la escasez de compradores. Muchas minas pequeñas que no contaban con capital de reserva cerraron operaciones para no seguir trabajando a pérdida. Para las empresas grandes y medianas el problema era diferente pues pese a que sus balances financieros arrojaron pérdidas, no tuvieron otra alternativa que seguir funcionando echando mano de sus reservas de capital pues un eventual cierre de operaciones habría derivado en consecuencias políticas y sociales desastrosas. Tuvieron que hacer los trabajos de perforación ya no con máquinas sino manualmente para reducir la mano de obra ociosa.

La baja de los precios del estaño que representaba el 70% de las exportaciones bolivianas se reflejó en la disminución de los ingresos estatales lo que provocó la paralización de obras públicas, recorte de gastos públicos, despido de funcionarios públicos, cierre de escuelas rurales, orfanatorios, liceos de señoritas, etc. Las instituciones del Estado trabajaron a media máquina ocupándose solo de las tareas más esenciales pues no tenían dinero siquiera para comprar verduras y frutas en el mercado como llegó a afirmar el presidente de la república en un momento dado (5).

Oruro, paraíso de prosperidad y núcleo de la economía boliviana se convierte entonces en “villa miseria”, “ciudad gueto”, ciudad abierta que recibe no solo a los desocupados de las minas de estaño sino también al éxodo de desocupados de países vecinos como Chile que además de sufrir la crisis económica mundial, sufrió también el cierre de las salitreras producto del descubrimiento del “salitre sintético” en Alemania. En este contexto, la calidad de vida de los orureños sufrió una severa caída en los años 30’s, la moral y las buenas costumbres victorianas (6) traídas a Oruro desde Inglaterra se vinieron abajo, reinaban la desconfianza y el temor de salir a la calles plagadas de delincuentes, hambrientos y pobres que no tardaron en ser rematados con la aparición de enfermedades endémicas como el tifus que el gobierno intentó combatir poniendo en cuarentena a toda la ciudad mediante un cordón sanitario como medida preventiva. Al final terminaron muriendo siete de cada diez personas infectadas.

Prominentes hombres de negocios, comerciantes y ciudadanos migraron a otras ciudades o regresaron a sus países de origen, el hacinamiento de la ciudad se redujo en algo con el dramatismo hiriente que significó el estallido de la Guerra del Chaco cuyo reclutamiento militar movilizó a miles de desocupados en sus primeros seis meses favoreciendo también a las grandes empresas mineras que no sabían cómo despedir a sus empleados y trabajadores.

La elección como presidente de Franklin Delano Roosevelt en los Estados Unidos y el establecimiento de su “New Deal” (7)marcaron el principio de la recuperación de la economía mundial. El auge de los precios del estaño mejoró en tiempos de la Segunda Guerra Mundial pero en Bolivia los niveles de producción jamás volvieron a acercarse a los niveles de 1929 (8), Oruro perdió el estatus de capital industrial y jamás volvió a ser la misma desde aquel “Jueves Negro” sufriendo desde entonces un largo proceso de erosión social que sigue vigente hasta el día de hoy como en el resto del país.

NOTAS

(1) Apellidos de origen extranjero como Petot, Bakovich, Ferrari, Harasich, Fricke eran comunes entre los ciudadanos orureños de los años 30’s. Ahora son raros en el Oruro del siglo 21.

(2) Simón I. Patiño, Barón del Estaño llamado también “Rey del Estaño” descubrió en 1900 el yacimiento de estaño más grande del mundo en el cerro “Juan del Valle” de Llallagua en Potosí.

(3) Existían cinco bancos importantes en Bolivia: Nacional, Industrial, Agrícola, Bolivia – Londres y Francisco Argandoña. Entre todos sumaban 5 millones de bolivianos de capital, apenas la mitad de lo que representaba el millón de libras esterlinas que tenía el Banco Mercantil cuando fue fundado en Oruro por Simón I. Patiño en 1906.

(4) La “rosca minero feudal”, así identificaron los nacionalistas bolivianos de izquierda al grupo conformado por poderosos empresarios mineros como Simón I. Patiño y Mauricio Hochschild que manejaron gobiernos, policía y ejército en Bolivia para proteger sus minas y privilegios.

(5) En plena crisis económica mundial, el presidente Daniel Salamanca en carta dirigida a Simón I. Patiño solicita ayuda económica para financiar la campaña militar en el Chaco y entre otras líneas escribe: “… no hay dinero en el Palacio ni para mandar al mercado…”

(6) Las “buenas costumbres victorianas”, así llamaban algunos intelectuales a los hábitos importados por ciudadanos ingleses de la Gran Bretaña gobernada por la Reina Victoria tales como el saludo, la puntualidad, el té de la tarde, el buen vestir, la higiene personal y el aseo urbano.

(7) “New Deal”, política impuesta en los EE.UU a partir de 1933 por el presidente Franklin Delano Roosevelt inspirada por el economista británico J.M. Keynes que proponía mayor intervención de los gobiernos en las economías nacionales, empresas y obras públicas, algo impensado antes del “Jueves Negro”

(8) La producción minera de estaño en Bolivia desde 1900 hasta finales de 1929 era cercana a las 30 mil toneladas anuales siendo entonces el segundo productor mundial. La producción promedio actual es de 18 mil toneladas año siendo el sexto productor mundial (datos de 2000 a 2011).

Documentos consultados

“Cita en Oruro, la tierra natal”, Néstor Taboada Terán. “Presencia”, La Paz (10/02/1981)

“El Signo Escalonado”, Néstor Taboada Terán. Plural Editores, La Paz 2003.

“Llallagua, Historia de una Montaña”, Roberto Querejazu Calvo. Editorial Los Amigos del Libro 1998

“La Gran Depresión (1929 – 1939) con ojos bolivianos”, Mario Pacheco Torrico. Fundación Milenio, La Paz 2010

“Bolivia: La Maldición del Estaño”, Ted Córdova Claure. Nueva Sociedad Nº 81, Ene – Feb 1986.

“La Revolución Boliviana”, Manuel Frontaura Argandoña. Rolando Diez de Medina, La Paz 2012

“Patiño, Rey del Estaño”, Charles F. Gueddes. Suiza 1981

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Oruro y la capital de la República

Entre abril y octubre de 1899, la ciudad de Oruro se convirtió de hecho en la capital de la república como consecuencia de una sangrienta guerra civil que enfrentó al norte con el sur del país. Terminadas las hostilidades, se firmaron allí decretos con los cuales quedaron definitivamente establecidos hasta el día de hoy, el sistema de gobierno, la sede de los poderes del estado y la capital constitucional de Bolivia, temas que sin embargo aún siguen discutiéndose en nuestros días.

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Es un problema que el país arrastra desde su nacimiento a la vida independiente: la sede de la capital de la república. ¿Debería quedarse en Sucre, ciudad pequeña, aislada y aferrada orgullosamente a los recuerdos de su hegemonía colonial? ¿Debería irse a La Paz, ciudad populosa, progresista y próxima a nuevas fuentes de riqueza? Tal controversia intentó resolverse en una sesión de congreso reunida en Sucre el 18 de noviembre de 1898, misma en la que se discutió un proyecto de ley para que el poder ejecutivo fijase su residencia permanente y definitiva en esta ciudad para terminar con la patética imagen que brindaban los presidentes de entonces, acostumbrados a recorrer el país montados en una mula tratando de escapar a las circunstancias y los vaivenes de la inestable política boliviana.

El proyecto que fue presentado por los representantes conservadores chuquisaqueños, fue rechazado de entrada por los representantes liberales paceños que intentaron convencer a sus pares de discutir el asunto en una ciudad neutral. Como estas gestiones fracasaran, abandonaron la ciudad en señal de protesta para luego regresar a La Paz y reunirse allí con otros líderes liberales con quienes formaron una Junta de Gobierno que después de declarar la revolución, impuso un sistema de gobierno federal bajo el argumento de que sería el más conveniente para los intereses de la nación. Esto quería decir que en adelante las riquezas del departamento de La Paz sólo se destinarían para su propio desarrollo y no para atender las necesidades de los otros departamentos, olvidando que regiones como Oruro y Potosí contribuían enormemente en su progreso tal  como lo siguen haciendo hoy en día.

Así, Bolivia quedó conmovida con el estallido de una sangrienta guerra civil cuyo objetivo final en el fondo era obtener la capitalía plena de una nación dividida por una profunda rivalidad regional, política y hasta racial dirigida entonces por el conservador presidente Severo Fernández Alonso desde 1896, quien marchó hasta Oruro para instalar su cuartel general. Allí había vivido varios años acumulando una gran fortuna al hacerse dueño de la famosa mina de San José que según dicen sus detractores la obtuvo utilizando medios ilícitos.

Desde Oruro, el presidente Fernández Alonso llamó a las fuerzas militares reclutadas en Sucre, Cochabamba y otras regiones del país que aún permanecían subordinadas a su autoridad. A mediados de enero 1899, el ejército conservador comenzó su lento y temeroso avance hacia el norte parando en el pueblo de Viacha a 30 kilómetros de La Paz, donde  el mando de de las tropas liberales revolucionarias había sido asumido por el coronel José Manuel Pando, candidato liberal a la presidencia para las frustradas elecciones de aquel año quien armó barricadas en las calles de la ciudad, mandó emisarios en busca de armas al Perú y pidió ayuda a los caciques aimaras para que le colaboraran en su campaña contra las fuerzas conservadoras. Acudió entre ellos el líder indígena Pablo Zárate Willka, amigo personal de Pando nacido en la comunidad de Sicasica, provincia Aroma de La Paz, caudillo inteligente, gran estratega militar, severo, tenaz, persuasivo, toda una autoridad reconocida en comunidades importantes como Pacajes, Sicasica, Inquisivi, Paria, Carangas, Tapacarí y Ayopaya que no dudaron en acudir a su llamado.

Los primeros choques ocurrieron el 21 de enero de 1899 cuando las tropas del presidente Fernández Alonso marcharon desde Viacha a Corocoro en busca de víveres volviendo con varias cabezas de ganado y caballos, hecho que enardeció los ánimos de la indiada afín al coronel Pando que rodeó el pueblo y atacó a las fuerzas conservadoras con piedras lanzadas con hondas, tiros de revólver y dinamita proporcionada por algunos mineros asociados a la causa federal. Después de algunas horas de combate y agotada su munición, los soldados constitucionalistas abandonaron al galope la plaza donde se defendían siendo atacados por indios y mineros parapetados sobre los techos y en las esquinas. Murieron 27 indígenas, dos soldados y hubo varios heridos,

Los sobrevivientes en su mayoría jóvenes soldados chuquisaqueños, decidieron volver a Viacha desviándose por Ayo Ayo para evitar una eventual concentración de indios en el camino. En este pueblito se encontraron con otra compañía de soldados chuquisaqueños, orureños y cochabambinos con los que avanzaron hasta Viacha escoltando seis carretas cargadas con armas y munición. El coronel Pando sabedor de este movimiento por aviso de los indios, envió una fuerza de caballería que rodeó Viacha dando lugar a un combate que tuvo lugar el 24 de enero en el cruce del camino de Ayo Ayo con el de Luribay (Crucero de Chacoma) en el cual las tropas constitucionales sorprendidas de frente por las federales y acosadas en los costados por los indios, se defendieron desordenadamente sufriendo numerosas bajas hasta que se replegaron con dirección a Oruro. Cuatro de las carretas se incendiaron explotando su contenido durante el intercambio de fuego, las otras dos cayeron en poder de los federales junto con varios prisioneros.

Las tropas constitucionales en retirada dejaron a sus heridos en Ayo Ayo al cuidado del cura de su iglesia, un capellán militar y el cura de Viacha. Al caer la tarde, más de un centenar de indios alcoholizados rodeó el pueblo, tomó la plaza principal, atacó viviendas particulares y asedió a los heridos refugiados en el templo. Por la noche tomaron la iglesia, forzaron las puertas donde estaban los refugiados y entraron para luego masacrarlos bárbaramente, partiéndoles las cabezas con hachas, sacándoles los ojos, rasgándoles la piel con alambres, apuñalándoles, desnudándoles y arrastrándolos por las calles hasta matarlos.  La tragedia ocurrió el mismo día del combate del Crucero de Chacoma y terminó con el brutal asesinato de 27 soldados, el capellán militar y los dos curitas.

La sed de sangre y muerte de los indios aliados de los liberales no terminó allí. Declararon una guerra a muerte contra la raza blanca atacando no solo a tropas constitucionales sino también a tropas federales como ocurrió con un grupo de oficiales y soldados organizados en la provincia Inquisivi que antes de ser degollados fueron vejados, torturados, arrastrados por caballos y asesinados salvajemente con golpes de macanas, palos, piedras, hachas y cuchillos. De 130 soldados masacrados solo se salvó uno que vivió para contar aquel horripilante banquete de sangre en el que perecieron todos sus compañeros en la iglesia de Mohoza, festín que comenzó a las ocho de la noche del 28 de febrero de 1899 y terminó a las diez de la mañana del día siguiente.

Las ignorantes hordas aimaras encabezadas por Pablo Zárate Willka nada entendían ni nada les importaba el conflicto entre liberales y conservadores, federalistas y constitucionales, La Paz y Chuquisaca, norte y sur. Solo empuñaban sus instrumentos de exterminio impulsados por el anhelo milenario de recuperar el dominio de su hábitat ancestral sometido por siglos a amos extranjeros, incas quechuas, conquistadores españoles y ahora sus descendientes.

Documentos de la época constatan el salvajismo y la brutalidad de los indios. Se describe por ejemplo el horror que vivieron en su hacienda de Tolapalca un granjero inglés y su hijo de 14 años cuyos cadáveres fueron encontrados uno con la cabeza perforada y otro con la cabeza partida en dos por un hacha, ambos con los ojos arrancados, la piel quemada y desprendida como si se tratara de un guante. Otro testimonio relata cómo un italiano dedicado a la explotación de goma fue cortado a pedazos por la indiada del pueblo de Challana en la provincia Larecaja, otro relata cómo en Corocoro un noruego gerente de una compañía minera disparó matando a su familia y a él mismo para evitarse el padecimiento de una muerte horrible a manos de decenas de indios que los tenían rodeados.

La bestialidad de los indios trogloditas se contagió a los aimaras y quechuas de otras provincias de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba que comenzaron a perseguir a propietarios de minas, administradores de casas comerciales y otros que buscaron asilo y refugio en la ciudad de Oruro. Tal situación que amenazaba con salirse de control motivó al coronel Pando a escribirle una proposición de paz al presidente Fernández Alonso mediante carta enviada desde Caracollo el 4 de marzo de 1899 en la cual le pidió su renuncia en nombre de la Junta Militar para unificar ambos ejércitos, calmar la ferocidad de los indios, acabar con la guerra civil, devolverle la tranquilidad a Bolivia y convocar a una asamblea constituyente.    

El presidente Fernández Alonso rechazó tal propuesta argumentando motivos constitucionales mediante carta dirigida desde Oruro el 5 de marzo de 1899, después de la cual el ejército federalista comenzó su avance hasta aquella capital. En el camino se encontraron con las tropas constitucionales y libraron el combate decisivo desde las tres de la tarde del 10 de abril de 1899 en una gran planicie sembrada de cebada donde el camino de Oruro a Lequepalca hacía cruz con el de Paria a Caracollo (Crucero de Paria).

Ya al anochecer, las fuerzas indígenas de Zárate Willka y el ejército federal de José Manuel Pando terminaron infringiendo una aplastante derrota a las fuerzas constitucionales con numerosas bajas en ambos lados. El presidente Severo Fernández Alonso pasó esa noche en Oruro y al amanecer del día siguiente tomó la ruta del exilio a Chile. El 12 de abril 1899 el coronel Pando hizo su entrada triunfal en la ciudad de Oruro, lado a lado con Willka, los ejércitos de ambos se mezclaron y marcharon en medio de una impresionante multitud por las calles de Oruro.

ORPandoDos días después, la Junta de Gobierno revolucionaria allí reunida, proclamó mediante decreto a La Paz como capital de la República y convocó para agosto a elecciones para elegir a los miembros de una asamblea constituyente a la que llamaron convención nacional, misma que después de ser conformada con abrumadora mayoría liberal se reunió en Oruro el 20 de octubre siendo los dos temas centrales de su agenda, la elección del Presidente de la República y la federalización del país. El primer punto no ofreció mayores dificultades pues el coronel José Manuel Pando tenía el apoyo casi total de los asambleístas convencionales para ser elegido, hecho que ocurrió el 25 de octubre de 1899 cuando recibió la investidura presidencial después de ser favorecido con casi la totalidad de los votos de los miembros de la convención.

El segundo punto fue objeto de fuertes y acalorados debates que terminaron finalmente con la continuidad del sistema de gobierno unitario para la nación, enterrando así el pretendido sistema federalista en cuyo nombre se había combatido sangrientamente. Curiosamente el coronel Pando líder de la revolución federal, abogó por el unitarismo poniendo así en evidencia el objetivo de fondo de los liberales paceños que solo era hacerse con el poder para llevarse la capital a La Paz. Para darle un consuelo a la adolorida y derrotada ciudad de Sucre, se le dejó tan solo el triste título honorífico de Capital de la República pero sin el honor que merecería tal condición aunque sí conservó la sede del poder judicial y el domicilio de la Corte Suprema de Justicia mientras que los poderes ejecutivo y legislativo tomaron residencia definitiva en La Paz, sede de gobierno.

ORzarateWillkaEn cuanto a Pablo Zárate Willka apodado “El Terrible” por la prensa de entonces, el amigo personal con quien había luchado a su lado ordenó su apresamiento el 22 de abril de 1899 en Sicasica para ser juzgado junto con su estado mayor por las atrocidades y los horrendos crímenes cometidos durante y después de la guerra federal con lo que el movimiento indígena quedó desbaratado siendo reprimido y disuelto sin contemplaciones. Después de sufrir toda clase de abusos y vejámenes, Willka fue muerto en prisión en 1903 por los mismos liberales a quienes ayudó y que solo habían utilizado a los indígenas para concretar sus ambiciones.

Así en los hechos, la sede de gobierno para la ciudad de La Paz fue obtenida en base a traición y mentiras que costaron sangre, vidas de indios y mestizos bolivianos, en su mayoría jóvenes chuquisaqueños, estudiantes universitarios y colegiales adolescentes. La revolución federalista no fue sino una simple excusa para disfrazar la mezquindad y egoísmo paceños que después de quitarle la capitalía a Sucre, consolidaron un centralismo malsano que impide el desarrollo del resto del país mismo que no ha podido romperse hasta el día de hoy.

El tema de la capitalía intentó ponerse en la agenda de la Asamblea Constituyente convocada y reunida en Sucre en 2006, pero las aspiraciones chuquisaqueñas quedaron frustradas esta vez por el gobierno populista neoliberal de Evo Morales Ayma el 10 de diciembre de 2007 en la ciudad de Oruro, no sin antes mancharse las manos con sangre de ciudadanos sucrenses solo para que La Paz continúe tomando las decisiones por todos los bolivianos.

Documentos consultados

“Llallagua, Historia de una Montaña”, Roberto Querejazú Calvo. Editorial “Amigos del Libro”, Cochabamba 1981.

“Historia General de Bolivia”, Joseph M. Barnadas. Editorial “Juventud”, La Paz 1987.

“Presidentes de Bolivia: entre urnas y fusiles”, Carlos D. Mesa Gisbert, La Paz 1990.

Las primeras áreas verdes en la ciudad de Oruro

Recuerdo con cariño y nostalgia al Ing. Miguel Vargas Mújica, catedrático de la Facultad Nacional de Ingeniería y una de tantas charlas placenteras con las que acostumbraba amenizar sus clases en las calurosas tardes veraniegas de los viernes. En ella hacía referencia al origen del nombre del Parque de la Unión Nacional en la ciudad de Oruro que según contaba, era antes uno de tantos pedazos de tierra considerados estériles por muchos orureños que vivieron allí en la primera mitad del siglo 20, algunos de los cuales sin embargo no se resignaron a seguir viéndola de esa forma y tuvieron la interesante iniciativa de invitar a otros orureños residentes en cada uno de los nueve departamentos del país a traerse ejemplares desde aquellas regiones para plantarlos en el lugar en cuestión y formar así un área verde que tiempo después se convertiría en el hermoso parque que vemos hoy. «Parque de la Unión Nacional» fue bautizado apropiadamente pues arbolitos mediante, en este parque está representada toda Bolivia desde Tarija hasta Pando, desde Santa Cruz hasta Potosí que tienen allí una especie de “embajada verde”.

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La historia de los primeros árboles plantados en Oruro tiene sin embargo un origen anterior que se remonta a los primeros años de la década de 1900. Como bien sabemos, la minería de la plata y la minería del estaño marcaron una época dorada en la vida de esta ciudad en un período comprendido entre el anochecer del siglo 19 y el amanecer del siglo 20 en el cual la consideraron «Capital Industrial de Bolivia» pues era Oruro una ciudad pionera que lo estrenaba todo antes que las otras: pavimento, correos, telégrafo, servicio ferroviario, equipo de fútbol, campos de golf, etc. TODO… menos parques y áreas verdes.

Oruro pueblo minero por tradición, está situado en medio del estéril y desértico altiplano de los Andes a poco mas de 3700 metros sobre el nivel del mar, rodeado de cerca por una serie de cerros elevados y sin ninguna vegetación como el San Felipe, el San Pedro, el Santa Bárbara, el Cochiraya y otros cerros pardos, rojizos o grises que después de siglos de explotación, aún contienen entrañas de metal en su interior.

El clima de la región en donde soplan vientos ásperos y helados es rudo, frígido, inclemente, hostil. Es posible que todos estos factores sumados a la aridez del terreno hayan desmoralizado a los orureños de entonces en su ánimo de levantar jardines, parques públicos y áreas verdes que nunca jamás se vieron desde la fundación de la ciudad en 1606 por don Manuel Castro y Padilla. Cuentan que muchos orureños vivieron y murieron en su tierra natal sin haberle dado a sus ojos el maravilloso regalo de ver un parque sembrado de árboles, algunos de ellos simplemente se consolaron con ver al único arbolito que existía en la zona de Chiripujio, cerca al cerro de la Víbora en un lugar al que llamaban Alamasi a donde se trasladaban los orureños a pie o a caballo en los días de fiesta y regocijo.

Aun cuando el ritmo de progreso de la ciudad en muchos campos era notable, algunos ciudadanos sintieron que había un vacío, que faltaba algo y ese algo eran los árboles y las plantitas ornamentales. Fue menester entonces resolver tal privación de la manera más heroica. En los primeros años de la década de 1900, el presidente del Concejo Municipal de Oruro Dr. Manuel Abel Elías, tuvo la iniciativa de enviar una comisión hasta Cochabamba la misma que estaba compuesta por el intendente don Arístides Luján y el administrador de mercados don Zenón Quintanilla quienes hicieron las gestiones en la ciudad del valle para obtener los primeros brotes de arbolitos y trasladarlos en carretas hasta la ciudad en un viaje que fue sacrificado, lleno de penuria y sufrimiento que tuvo sin embargo su feliz recompensa al verlos luego plantados en las jardineras de las plazas 10 de Febrero y Manuel Castro de Padilla, algunos de los cuales podemos verlos hoy convertidos en hermosos árboles de regular estatura. De esta forma se callaron las voces de muchos ciudadanos escépticos, la mayoría no orureños algunos que maliciosamente enunciaban anecdóticos y proféticos comentarios sobre la imposibilidad de crear una eventual población forestal en la ciudad de Oruro.

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Los primeros árboles traídos desde Cochabamba plantados en las jardineras de plaza 10 de Febrero en una fotografía de 1904 y abajo en plaza Manuel Castro de Padilla en una fotografía de 1907 donde se los ve bastante crecidos.

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Al respecto recuerda y reflexiona un notable escritor boliviano de la época en una de sus publicaciones elogiando este acto de nobleza y fuerza de voluntad de los orureños:

“De un gran lujo estaba privado hasta hace poco el orureño, no sabía lo que era un árbol porque esa cosa maravillosa que es el árbol no viene sola en las estepas barridas por vientos de tempestad y ha de merecer cuidados especiales, diligentes y de buena voluntad y tenacidad constantes para alcanzar vivir junto al hielo de las neveras que congelan y del sol meridiano que tuesta porque luce en un cielo de divina transparencia y jamás velado por la tupida cortina de la niebla. Y hoy los orureños lucen árboles en sus calles y plazas y el árbol tiene allí un lenguaje de magnífica elocuencia porque habla de voluntad, energía, valor y decisión y de sentimientos finos y delicados y refinados porque el amor al árbol sólo nace cuando se ama la belleza y la armonía en la naturaleza y se siente el respeto por las cosas que duran más que la pobre vida humana.”

                                                                                                             (Alcides Arguedas, 1909)

Este servidor tuvo la enorme satisfacción 11 años atrás un 1º de Octubre de 2002, de plantar un pino bebé junto con algunos camaradas de la carrera de Ingeniería de Sistemas e Informática: mi primer arbolito !!! en uno de los espacios destinados a la entonces nueva área forestal de la Facultad Nacional de Ingeniería en el campus de la Ciudadela Universitaria de Oruro. Hoy resultaría imposible reconocer cuál de ellos es mi pino y tampoco recuerdo a quienes estuvieron conmigo aquel día pero vaya un abrazo en este mes del árbol para todos aquellos que plantaron su pino aquel día y para todos vosotros que habéis plantado un árbol alguna vez.

Documentos consultados

  • Apuntes de clase, Ing. Miguel Vargas Mújica. Facultad Nacional de Ingeniería (Verano de  2002).
  • “Oruro del 900”, Jorge Fajardo. “Oruro” publicación cívica (10/02/1977)
  • “Pueblo Enfermo”, Alcides Arguedas. Barcelona, edición 1909.

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Plaza “10 de Febrero”

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Plaza Manuel Castro de Padilla

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Plaza Sebastián Pagador

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Plaza de la Ranchería